Cuando pensamos en abejas, solemos imaginar colmenas y miel. Sin embargo, la realidad es muy distinta: cerca del 90% de las más de 20.000 especies de abejas registradas en el mundo son abejas solitarias. No producen miel ni forman colmenas, y su comportamiento discreto hace que pasen desapercibidas tanto para la sociedad como para muchas estrategias de conservación.
A pesar de ello, su papel es esencial: son responsables de una parte muy significativa de la polinización que sostiene la biodiversidad y garantiza el equilibrio de numerosos ecosistemas.
Polinizadoras altamente eficientes
Diversos estudios señalan que muchas especies de abejas solitarias son polinizadoras extremadamente eficaces. Algunas, como las abejas albañiles (Osmia spp.), transportan grandes cantidades de polen por visita y mejoran notablemente la fecundación floral.
En cultivos como el manzano, el almendro o el arándano, su presencia puede traducirse en frutos más grandes, uniformes y de mayor calidad. Esto refuerza la idea de que su conservación no es solo una cuestión ecológica, sino también estratégica para la sostenibilidad agrícola y la seguridad alimentaria.
Indicadores de calidad ambiental y conectividad ecológica
En Emberiza trabajamos en proyectos donde la biodiversidad es un elemento central: estudios de impacto ambiental, vigilancia en fase de obra y explotación, restauración ecológica o integración ambiental de infraestructuras energéticas y lineales.
En este contexto, las abejas solitarias representan un indicador biológico de gran valor. Su presencia depende directamente de factores como:
- disponibilidad de flora autóctona,
- existencia de suelos y taludes aptos para nidificación,
- conectividad entre hábitats,
- ausencia de contaminantes y presión química.
Por ello, su estudio y protección puede incorporarse como parte de estrategias de diagnóstico ambiental, seguimiento de medidas correctoras y evaluación de la eficacia de restauraciones.
Amenazas asociadas a la transformación del territorio
Las abejas solitarias enfrentan amenazas crecientes ligadas a los principales procesos de transformación territorial:
- pérdida y fragmentación de hábitat por urbanización e intensificación agrícola,
- uso de herbicidas y pesticidas que eliminan flora y reducen su supervivencia,
- alteraciones en los ciclos de floración por cambio climático,
- falta de conocimiento y medidas específicas de conservación.
En entornos donde se desarrollan proyectos energéticos o infraestructuras, estas presiones pueden aumentar si no se integran adecuadamente criterios de biodiversidad en el diseño y la ejecución.
Medidas de integración ambiental: soluciones simples con alto impacto
La buena noticia es que existen medidas eficaces, compatibles con la planificación territorial y la ejecución de obras, que pueden favorecer a estos polinizadores:
- creación de bandas florales con especies autóctonas,
- restauración de taludes y suelos con criterios de biodiversidad,
- mantenimiento de setos, lindes y mosaicos vegetales,
- reducción del uso de fitosanitarios,
- instalación de refugios o “hoteles de insectos” en puntos estratégicos,
- seguimiento ambiental para verificar la evolución real de las poblaciones.
Estas actuaciones encajan plenamente dentro de enfoques de restauración ecológica, mejora del hábitat y compensación ambiental, y pueden integrarse en programas de vigilancia ambiental como herramienta de evaluación de resultados.